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Avistamiento

02/09/2009

Hay 2 cuentos sobre “Avistamiento”

  1. bonybrida dice:

    Viajábamos con un grupo de turistas desde Río de Janeiro a Jamaica. La embarcación era una especie de yate un poco extraño y bastante antiguo, pero el valor en dólares era increíblemente económico, motivo por el cual no lo pensamos dos veces.
    Partimos aquel jueves de noviembre a las nueve de la mañana.
    El día transcurrió entre exóticos tragos, música, charlas con desconocidos y largos ratos de descanso, disfrutando del sol al borde de la piscina, o contemplando el mar increíblemente turquesa.
    Esa noche nos fuimos a dormir con la placentera sensación de haber sido elegidos para ese viaje increíble. Nos llamó la atención un largavista depositado sobre la mesa con un mensaje del capitán.”Por las dudas” decía .Decidimos averiguar a la mañana siguiente.
    La pesadilla comenzó cuando despertamos. Lo primero que advertimos es la quietud y el silencio. El barco no se movía y el ruido del mar no se escuchaba.
    Nos vestimos presurosos y cuando abrimos la puerta del camarote nos quedamos paralizados por el asombro.
    Ya no estábamos en un barco sino en lo que parecía ser una isla desierta, y al parecer estábamos solos. Cuando recobramos el habla tratamos de entender lo inentendible.
    Contar los días siguientes, sería muy largo, solo les diré que en la isla había toda clase de árboles frutales, con los que nos alimentamos, leña para calentarnos y belleza para extasiarnos, pero no encontramos un alma viviente y estábamos desesperados.
    Todos los días nos turnábamos con el largavista, con la esperanza de avistar algún barco.
    Pasaron casi siete días, una vez más nos fuimos a dormir desilusionados a nuestro camarote –vivienda y una vez más nos sorprendió la mañana cuando nos despertó el camarero para avisarnos que estábamos llegando al puerto de Jamaica.
    ¿Un sueño? Les juro que no. ¡Déjelo ahí!!.

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  2. ANNIE HALL7 dice:

    Cuando aquel médico, que no llegaba a los treinta, se dirigió a Antonio con mirada apurada, él ya sabía lo que iba a decirle antes de que hablase. Y eso fue exactamente lo que le dijo.
    Sus palabras fueron como un manotazo que cerró de golpe la tapa del baúl en el que había ido metiendo apresuradamente los temas pendientes y los sueños sin cumplir. El tiempo se acababa.
    Horas después, sentado en un banco del paseo, su mente decidió asimilar la noticia sin dramatismos.
    El Pepito Grillo que vivía en su cabeza y siempre se pronunciaba en las grandes ocasiones dictó sentencia:
    “- Tampoco es para tanto. Un leguleyo del tres al cuarto como tú, cincuentón, desengañado y cascarrabias, cuya única aficción consiste en espiar a los vecinos con unos prismáticos… Sí. ¿Creías que no me había dado cuenta?. Ya, ahora me saldrás con que los habías comprado para retomar tu aficción por la ornitología. Lo que pasa es que eres un cotilla voyeur sin vida propia”
    Le sacó de su ensoñación un roce en el zapato, un pastor alemán le mordisqueaba la suela. Su dueña se materializó repentinamente a su lado disculpándose ruborizada. Era insultantemente joven, alta, esplendorosa.. Sus rizos bailaron desordenados mientras trataba de coger al perro. Los ojos verdes esquivos, las pecas de sus mejillas como puntitos dibujados a lápiz.
    Quizás fue su perfume, tal vez la inminencia de lo inevitable, o acaso la osadía del que no tiene nada que perder, pero cuando ella ya se daba la vuelta para irse, Antonio se declaró:
    – Es usted preciosa, señorita.
    Ella lo miró sorprendida, preguntándose si habría oído mal, y se alejó tirando de la correa del perro rebelde mascullando “gracias”.
    Antonio se quedó perplejo ante su propia osadía. Al final, vivir tampoco era tan difícil.

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