Cuenta la leyenda que Ulises se tapó los oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de su nave para evitar el encantamiento.. Lo que Ulises no sabía es que había algo peor que el canto de la sirena: su silencio.
Algo parecido le pasó a Miguel.. Tapó sus oídos y se encadenó a una ilusión inexistente.
Amaba tanto a Clarisa que ,cautivado por ella , durante los últimos meses, se aisló de todos y sólo escuchó el dulce sonido de su voz ,diciéndole que jamás lo abandonaría.
-Ella se va el lunes, le dijo esa tarde su mejor amigo.
No le creyó.
-Es verdad, regresa a su país. A cancelado el concierto.
-Imposible, yo lo sabría.
.-Si no me crees ,pregúntale.
-Lo haré, a mi regreso, pero seguramente se reirá de eso. El sábado debuta en El Coliseo.
Su amigo le palmeó el hombro y se alejó diciendo: -Llámame cuando quieras
Dudar de ella , le parecía algo terrible. El viernes a la noche apenas salió del aeropuerto la llamó. Su celular no contestaba. Decidió ir directamente hasta su departamento.
Abrió con su llave y entró. Su corazón dio un brinco.
Estaba totalmente vacío, sólo un sobre con su nombre se veía sobre la chimenea..
Lo tomó y lo rompió sin leerlo. No valía la pena . El encantamiento se había roto.
“NO TOCAR” advertía un cartel bajo la talla de piedra en el museo. No tocar y toqué.
Y en un momento Neptuno me cogió fuerte de la muñeca y me arrastró hacia el fondo del océano. Ballenas en fila me miraban acechantes,langostas chocaban sus pinzas a la vez como si reivindicaran algo, cientos de peces de toda clase y color se lamentaban por algo que no llegaba a entender. Neptuno me subió a un banco de arena y me expuso ante aquella multitud y variedad de seres acuáticos. Y habló zarandeando con furia una reluciente barba blanca:
- ¿Cuáles son las reglas de este reino?
Un caballito de mar se acercó a nosotros con elegancia y con un hilo muy fino de voz musitó:
- No dejarse ver jamás, bajo ningún concepto, por ningún humano. Y no tocar jamás, bajo ningún concepto, la caracola sagrada.
Así que Neptuno, con los ojos inyectados en sal, me apuntó desafiante con el dedo y rugió:
- Te condeno, Coralina, hija del mar a pasar el resto de tu vida siendo admirada por los humanos tal y como te vio el hombre al que salvaste.
Las ballenas empezaron un inquietante cántico y un remolino de agua y burbujas rodeó mi cuerpo.
Cuando quise apartarme de aquella estatua me di cuenta que mis manos sostenían una caracola y mi boca estaba incrustada a ella. Quise gritar, pedir auxilio pero la gente sólo me contemplaba, jamás me tocaba.
Cuenta la leyenda que Ulises se tapó los oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de su nave para evitar el encantamiento.. Lo que Ulises no sabía es que había algo peor que el canto de la sirena: su silencio.
Algo parecido le pasó a Miguel.. Tapó sus oídos y se encadenó a una ilusión inexistente.
Amaba tanto a Clarisa que ,cautivado por ella , durante los últimos meses, se aisló de todos y sólo escuchó el dulce sonido de su voz ,diciéndole que jamás lo abandonaría.
-Ella se va el lunes, le dijo esa tarde su mejor amigo.
No le creyó.
-Es verdad, regresa a su país. A cancelado el concierto.
-Imposible, yo lo sabría.
.-Si no me crees ,pregúntale.
-Lo haré, a mi regreso, pero seguramente se reirá de eso. El sábado debuta en El Coliseo.
Su amigo le palmeó el hombro y se alejó diciendo: -Llámame cuando quieras
Dudar de ella , le parecía algo terrible. El viernes a la noche apenas salió del aeropuerto la llamó. Su celular no contestaba. Decidió ir directamente hasta su departamento.
Abrió con su llave y entró. Su corazón dio un brinco.
Estaba totalmente vacío, sólo un sobre con su nombre se veía sobre la chimenea..
Lo tomó y lo rompió sin leerlo. No valía la pena . El encantamiento se había roto.
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“NO TOCAR” advertía un cartel bajo la talla de piedra en el museo. No tocar y toqué.
Y en un momento Neptuno me cogió fuerte de la muñeca y me arrastró hacia el fondo del océano. Ballenas en fila me miraban acechantes,langostas chocaban sus pinzas a la vez como si reivindicaran algo, cientos de peces de toda clase y color se lamentaban por algo que no llegaba a entender. Neptuno me subió a un banco de arena y me expuso ante aquella multitud y variedad de seres acuáticos. Y habló zarandeando con furia una reluciente barba blanca:
- ¿Cuáles son las reglas de este reino?
Un caballito de mar se acercó a nosotros con elegancia y con un hilo muy fino de voz musitó:
- No dejarse ver jamás, bajo ningún concepto, por ningún humano. Y no tocar jamás, bajo ningún concepto, la caracola sagrada.
Así que Neptuno, con los ojos inyectados en sal, me apuntó desafiante con el dedo y rugió:
- Te condeno, Coralina, hija del mar a pasar el resto de tu vida siendo admirada por los humanos tal y como te vio el hombre al que salvaste.
Las ballenas empezaron un inquietante cántico y un remolino de agua y burbujas rodeó mi cuerpo.
Cuando quise apartarme de aquella estatua me di cuenta que mis manos sostenían una caracola y mi boca estaba incrustada a ella. Quise gritar, pedir auxilio pero la gente sólo me contemplaba, jamás me tocaba.
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