El paraguas naranja

17/05/2009

Hay 3 cuentos sobre “El paraguas naranja”

  1. POPY dice:

    El paraguas naranja. Le dije que se llevara todo lo que quisiera menos el paraguas naranja. Gracias a él nos habíamos conocido una tarde de junio. Por supuesto que no llovía pero le dije que lo llevaría para que me reconociera en la cita a ciegas. Y lo llevé, y le gusté y así dio comienzo nuestra relación. Tres años que creí maravillosos cuando, en realidad, resultaron una farsa. Por ahora han confesado el cartero, el de la tintorería, el que le tatuó en su cuello mi nombre en japonés (resultó ser el del tatuador) y el peluquero. Se me han escapado el revisor del tren que se cogía tras el trabajo para volver calentita a casa y su monitor de aerobic.
    La pedí por favor, la supliqué que si había sentido algo por mí alguna vez no se llevara el paraguas naranja. Y me fui a tomar un café, y dos, y tres para darle tiempo a llevarse sus cosas.
    Y cuando llegué a casa, preparado para la desolación, todo seguía en su sitio. Su ropa, sus trastos, sus manías. Todo excepto el paraguas naranja.

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  2. bonybrida dice:

    Llueve sobre Paris y no es otoño. La lluvia cae en ordenadas filas de soldaditos sobre la acera y resbala en hileras sobre su ventana. Y ella está sola.
    Se asoma, se moja. Sólo ve el solitario boulevard y las luces opacadas de los faroles. Casi no hay gente caminando por la calle.
    Mira los escaparates del negocio de enfrente que lucen iluminados como si todo siguiera de fiesta.
    Debe ir, debe entender, debe saber, aunque esas tres cosas ahoguen también su corazón herido.
    Mira el papel que alguien pasó por debajo de su puerta. Dice a las siete de la tarde, mira su reloj, son las siete.
    Toma su piloto, su paraguas naranja cruza el puente sobre el Sena y se detiene frente a la ventana del cuarto donde tantas veces, Paúl le juró su amor.
    Dos siluetas que se besan se divisan, de manera inconfundible, a través de los vidrios mojados. Se queda largo rato allí cierra el paraguas sintiendo como la lluvia le atraviesa el alma, confundiéndose con sus lágrimas.
    Un resplandor y un trueno la sorprenden. En ese momento aparece él.
    -¿Que haces aquí? Te estás mojando.¿Porque lloras?
    -Pero, no entiendo, ¿Quienes están allí? Ese es tu departamento.
    -Si, se lo presté a Juan. Fui a buscarte a tu casa y encontré esta nota, no se quién la mandó pero me duele que hayas dudado de mi.
    -Entonces no eres tú, no eres tú, repitió y luego dijo- Perdóname, al tiempo que lo abrazaba.
    -Ven niña incrédula, ponte mi abrigo, abre tu paraguas naranja, acompáñame a tomar un café bien caliente y piensa la forma de hacerte perdonar porque no te será nada fácil. ¿He?
    Entonces caminaron abrazados, resguardados y enamorados como debe ser si uno transita por las calles de Paris.

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  3. javieru dice:

    Primera tarde de Octubre de los años noventa. Gabriel esperaba ansioso mientras veía cómo iban cayendo, puntuales a su cita, las primeras gotas del otoño. El bar se iba llenando poco a poco de personas que disfrutaban pidiendo los primeros cafés “calentitos” del año. Él miraba nervioso desde su mesa a través del cristal de la puerta. La gente cruzaba apresurada los pasos de cebra. Se iban abriendo los paraguas.

    Gabriel odiaba los paraguas. Prefería mojarse a cargar con uno de ellos todo el día.Y mucho peor si se trataba de uno de esos enormes y pesados que no se podían plegar. “Son del siglo diecisiete”- decía siempre – “ Los paraguas para los viejos”- añadía de vez en cuando.

    Por fin la vio llegar. Sólo tenía de ella aquella foto recibida en su correo electrónico unos días antes. Antes de la primera cita. De la primera en carne y hueso. Aquella vez tenía que funcionar. No podían tirarse por la borda tantos besos tecleados tantas veces.

    Los primeros minutos fueron dos corazones a mil por hora. Ella abrió su regalo; unos pendientes.

    -Me dijiste que te gustaban pequeños – dijo Gabriel. Luego , él abrió el suyo.

    -El color naranja me pareció original. Así podremos dar largos paseos aunque se ponga a llover – dijo ella.

    Gabriel sonrió por fuera intentando recordar en qué momento la suerte le dijo adiós.

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