Treinta y cinco minutos. El único momento en el puedo ser yo. Yo y mis circunstancias. Yo aislado pero al fin y al cabo yo. Los demás invierten este tiempo en jugar a que son libres a pesar de estar enjaulados, dentro de otra jaula. Y se manchan los uniformes, y lloran, y gritan y balbucean que alguien les ha quitado o chupado su piruleta. ¡Piruletas! Sé lo que es una ecuación, la tabla periódica de elementos químicos, la prosopopeya, la simbiosis…¡qué leches! Sé latin. Y los ríos de España y los del mundo entero. Y la filosofía de Kant, Hume, Descartes…Y el paroxismo de Bukowsky y el final del Sexto Sentido.
Y se empeñan en enseñarme el abecedario, lo que es un cuadrado, un círculo y que “cat” es gato en inglés. Si supieran que nada más nacer le grité a la enfermera What the fuck! Y no me entendieron. Jamás lo hacen.
Menos mal que en medio de esto tan absurdo me quedan estos treinta y cinco minutos de paz.
Menos mal que aún no nos han privado del recreo. El santo recreo que siempre acaba y vuelvo a ser Andresito, el niño de tres años en la posición novena de una fila de quince. El rarito que aún no sabe hablar.
-¿Que son treinta y cinco minutos para mi? Apenas la distancia que separa el hospital de mi casa, el tiempo que tardo en buscar algún programa en la televisión, preparar un almuerzo ligero o darme una ducha.
Sin embargo ese día , fueron los minutos mas largos de mi vida.
Eran las doce de la noche. Regresaba a casa, cansada del trajín que significa una guardia en el hospital .
Estacionaba el auto frente al edificio donde vivo, cuando el ruido sordo de una frenada mezclado con el estampido de un choque me sobresaltó. Corrí lo más rápido posible hacia el lugar del accidente y me encontré con un auto en llamas y el conductor aprisionado en su interior , por el cinturón de seguridad.
Cuando intenté acercarme, el auto estalló tirándome al piso . Me levanté como pude y en ese instante escuché el llanto apagado del niño. Busqué con la mirada y lo vi a unos cincuenta metros..
Tendría dos o tres años.
Mi vecina de piso, fue la única persona que corrió para ayudarme.
Fue ella quien manejó mi auto hasta el hospital mientras yo sostenía al pequeño , que parecía estar al borde de la muerte.
Fue ella quien llamó a la policía y a los bomberos . Quien se quedó a mi lado esperando que los médicos especialistas nos den noticias del pequeño.. La que me abrazó cuando nos dijeron que estaba fuera de peligro “gracias a que mis reflejos fueron instantáneos”..
¿ Mis reflejos? ¿ Instantáneos? Esos minutos para mi, fueron eternos. . Un tiempo sin tiempo en el que seguramente nada hubiera sido como fue sin la ayuda de Antonia, esa valerosa anciana de ochenta años, que sabe perfectamente lo que significan 35′
Treinta y cinco minutos. El único momento en el puedo ser yo. Yo y mis circunstancias. Yo aislado pero al fin y al cabo yo. Los demás invierten este tiempo en jugar a que son libres a pesar de estar enjaulados, dentro de otra jaula. Y se manchan los uniformes, y lloran, y gritan y balbucean que alguien les ha quitado o chupado su piruleta. ¡Piruletas! Sé lo que es una ecuación, la tabla periódica de elementos químicos, la prosopopeya, la simbiosis…¡qué leches! Sé latin. Y los ríos de España y los del mundo entero. Y la filosofía de Kant, Hume, Descartes…Y el paroxismo de Bukowsky y el final del Sexto Sentido.
Y se empeñan en enseñarme el abecedario, lo que es un cuadrado, un círculo y que “cat” es gato en inglés. Si supieran que nada más nacer le grité a la enfermera What the fuck! Y no me entendieron. Jamás lo hacen.
Menos mal que en medio de esto tan absurdo me quedan estos treinta y cinco minutos de paz.
Menos mal que aún no nos han privado del recreo. El santo recreo que siempre acaba y vuelvo a ser Andresito, el niño de tres años en la posición novena de una fila de quince. El rarito que aún no sabe hablar.
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35 MINUTOS
-¿Que son treinta y cinco minutos para mi? Apenas la distancia que separa el hospital de mi casa, el tiempo que tardo en buscar algún programa en la televisión, preparar un almuerzo ligero o darme una ducha.
Sin embargo ese día , fueron los minutos mas largos de mi vida.
Eran las doce de la noche. Regresaba a casa, cansada del trajín que significa una guardia en el hospital .
Estacionaba el auto frente al edificio donde vivo, cuando el ruido sordo de una frenada mezclado con el estampido de un choque me sobresaltó. Corrí lo más rápido posible hacia el lugar del accidente y me encontré con un auto en llamas y el conductor aprisionado en su interior , por el cinturón de seguridad.
Cuando intenté acercarme, el auto estalló tirándome al piso . Me levanté como pude y en ese instante escuché el llanto apagado del niño. Busqué con la mirada y lo vi a unos cincuenta metros..
Tendría dos o tres años.
Mi vecina de piso, fue la única persona que corrió para ayudarme.
Fue ella quien manejó mi auto hasta el hospital mientras yo sostenía al pequeño , que parecía estar al borde de la muerte.
Fue ella quien llamó a la policía y a los bomberos . Quien se quedó a mi lado esperando que los médicos especialistas nos den noticias del pequeño.. La que me abrazó cuando nos dijeron que estaba fuera de peligro “gracias a que mis reflejos fueron instantáneos”..
¿ Mis reflejos? ¿ Instantáneos? Esos minutos para mi, fueron eternos. . Un tiempo sin tiempo en el que seguramente nada hubiera sido como fue sin la ayuda de Antonia, esa valerosa anciana de ochenta años, que sabe perfectamente lo que significan 35′
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