El semáforo estaba en rojo y mientras buscaba entre las emisoras de radio distraídamente, miré de reojo al coche de mi derecha. Mi sorpresa fue enorme al ver a mi marido en el interior, hablando animadamente con una rubia platino, aproximadamente 20 años más joven que yo. No podía creerlo, a esa hora se suponía que mi marido estaría en una reunión de negocios muy importante. Sin embargo, aquella rubia no se parecía en nada a su secretaria ni a nadie que yo conociera de su oficina, y la animada charla que mantenían poco parecía tener que ver con los negocios. La rubia arrancó y los coches de atrás comenzaron a pitar. Con el manoslibres, le llamé al móvil, se puso y me preguntó que ocurría. Le pregunté cómo iba la reunión. Me contestó que el asunto estaba muy complicado, y que el presidente de la compañía le tendría retenido durante bastante tiempo aun. Sentí rabia, ira y frustración al mismo tiempo. Me engañaba. Con una rubia, una rubia veinteañera. Estaba fuera de mí. Les seguí largo rato, no tenía claro lo que quería hacer, aunque sabía que necesitaba castigarle, vengarme de algún modo. Cuando se desviaron por el camino de la costa, sin pensarlo más les embestí en una curva y su coche cayó al vacío. Regresé a casa aturdida y nerviosa. Me dirigí al dormitorio y sin encender las luces me dejé caer agotada sobre la cama. De pronto, noté que alguien se revolvía a mi lado y escuché: “¿De dónde vienes tan tarde?”. Era mi marido! ¡Estaba vivo y era inocente! Lloré de alivio y le abracé, mientras él me decía: “estoy vivo de milagro, he tenido un accidente terrible en la carretera del acantilado”
Con lo ocupada que estoy con todo lo innesario,apenas tengo tiempo para pensar. En realidad creo que estoy encubriendo con esta frase el hecho doloroso de que no sé pensar. A este vacío recurro cada vez que me meto en un autobús para ir a visitar a mis padres. Una vez iniciada la ruta, cierro con fuerza los ojos para procurarme obscuridad y comienzo a pensar que viajo a mi infancia.
Es una tarea difícil, muy pocas veces lo consigo, pues el deslizante paisaje, la gente de mi entorno o Morfeo, se apropian de mi voluntad. Pero cuando lo consigo el viaje merece la pena.
Lo primero que atrapo es la luz, la luz de las primeras horas de la tarde en primavera que se cuela por un aula de mi escuela a través de las ventanas semiabiertas : haces densos poblados de mil partículas en suspensión, polvo, polen, pequeños insectos, todo ello revoloteando entre las cabezas de mis compañeros de infancia, envolviendo finos cabellos en desorden.
Luego me vienen olores al azahar de los huertos de afuera, a lápices, a polvo de tiza, a bragas con pis, a bocadillo con chocolate a papel de las libretas.
Los veo a todos corriendo en el patio, a la hora del recreo, con zapatones marrones comiéndose los calcetines, nos empujamos, reímos, lloro mirándome la herida de la rodilla incustrada con piedrecitas y pedazos de hierba.
Oigo nuestras voces y las notas que salen de la melancólica clase de piano, lentas, desafinadas e imposibles conseguidas a golpes de cabeza y dedos torpes . A la salida mi madre protectora esperando.
Un frenazo me devuelve al interior del autobús, fuera un paisaje amarillo de girasoles. El viaje ha quedado interrumpido…
En el interior del autobús los viajeros duermen excepto ella. Y el chófer, naturalmente. Su amiga Carmen ronca. Es un ronquido suave, nada molesto. El calvo sentado, dos filas atrás, en cambio, tiene un ronquido áspero de fumador. Y alguien, una mujer -la rubia teñida, podría ser, que se sienta en la segunda fila a su izquierda- habla en sueños.
Como es muy meticulosa, había pedido en la agencia los asientos de la primera fila, para ella y para Carmen. Así tiene la visión privilegiada de la carretera en la noche. Aunque a esas horas hay poco tráfico, cuando se aproximan a una ciudad, la cosa se anima. Semáforos, carteles, deportivos y autocaravanas. Allí delante no pierde detalle, que es lo que le gusta, no perder detalle.
Ya sabe lo que va a pasar, las historias que sucederán durante los siete días de las vacaciones. El calvo, envuelto en su pestilente olor a Ducados, se llenará el plato en el bufet cada día, hasta reventar. Puede que hasta tengan que llevarlo a Urgencias. La rubia de bote se hartará de bailar y hará el ridículo con los animadores del hotel. Carmen la llevará de una tienda a otra en busca de regalos para los nietos, intentando insuflarle el optimismo que se niega a tener. Hace un gesto de fastidio, pensando en el horror que se le avecina.
Mira al chófer con ternura: él si que vive bien. De un lugar a otro, autovías, autopistas, gasolineras y ventas de carretera.
Son las dos de la madrugada y quedan todavía tres horas más hasta Benidorm.
Su mesa rebasaba de folletos turísticos y propuestas de excursiones, algunas muy tentadoras por cierto.
El año anterior sus anheladas vacaciones tomaron vuelo hacia el Sur.
Bariloche, San Martin de los Andes, Villa la angostura.
Lagos de aguas azules y verde esmeralda, montañas de picos nevados y pueblitos tipicamente regionales, fueron un placer que le acariciaron el alma y los sentidos.
Este año su intención era viajar al Norte, para el lado de Salta, Jujuy, Valles Calchaquíes.
Deleitarse con los siete colores de sus montañas y la increíble belleza de sus salinas.
Fue en ese momento que sonó el teléfono y tratando de tomar el auricular, derribó un portarretrato con una vieja fotografía suya, en la cual tendría unos doce años y fue tomada por su padre en la plaza del pueblito en el cual vivían.
La levantó y se detuvo a observarla.
De golpe el corazón le latió de una forma rara y se le agolparon los recuerdos.
En ese momento decidió cual sería el destino de su viaje.Un lugar sin lagos ni montañas multicolores,ni picos nevados.
Los recuerdos de su infancia, su antigua casa, sus viejos amigos y el pueblo donde nació, serían esta vez quienes se encargarían de recargarle las pilas y darle la paz de espíritu, que buscó siempre en sus vacaciones.
No vuelvo a beber.La carretera se empaña ante mis ojos. No veo ningún desvió, solo luces pasar a toda velocidad, rodeando mi coche, como si estuviese en el espacio.
“Despedida”
No me podían despedir ahora… ahora no. ¿Que hago con Laura? con dos años… y yo en paro…
Quién me mandaría quedarme embarazada de ese capullo. Ese capullo que ahora me ha despedido, y que parece estar dispuesto a que su propia hija y su ex-amante mueran de hambre, hundidas en la miseria en la que él mismo las ha metido…
Ay Gloria, si supieras como es realmente tu marido. Se cepilla a cada secretaria nueva que le ponen. Y tú con 3 niños en casa, seguramente también le pongas los cuernos con tu monitor de yoga o alguna estupidez de estas a las que os apuntaís la gente con pasta.
Joder, que dolor de cabeza, no veo, mañana voy a tener una resaca increíble… bueno, en el fondo me da lo mismo, estoy en la calle, la gente cuando la despiden hace eso no? emborracharse.
Todo el mundo me adelanta. Normal, voy a 50 km por hora por la carretera de Zaragoza… pero no me la quiero pegar. Sonrío, a esta velocidad y en este estado se me ha ocurrido una idea.
El semáforo estaba en rojo y mientras buscaba entre las emisoras de radio distraídamente, miré de reojo al coche de mi derecha. Mi sorpresa fue enorme al ver a mi marido en el interior, hablando animadamente con una rubia platino, aproximadamente 20 años más joven que yo. No podía creerlo, a esa hora se suponía que mi marido estaría en una reunión de negocios muy importante. Sin embargo, aquella rubia no se parecía en nada a su secretaria ni a nadie que yo conociera de su oficina, y la animada charla que mantenían poco parecía tener que ver con los negocios. La rubia arrancó y los coches de atrás comenzaron a pitar. Con el manoslibres, le llamé al móvil, se puso y me preguntó que ocurría. Le pregunté cómo iba la reunión. Me contestó que el asunto estaba muy complicado, y que el presidente de la compañía le tendría retenido durante bastante tiempo aun. Sentí rabia, ira y frustración al mismo tiempo. Me engañaba. Con una rubia, una rubia veinteañera. Estaba fuera de mí. Les seguí largo rato, no tenía claro lo que quería hacer, aunque sabía que necesitaba castigarle, vengarme de algún modo. Cuando se desviaron por el camino de la costa, sin pensarlo más les embestí en una curva y su coche cayó al vacío. Regresé a casa aturdida y nerviosa. Me dirigí al dormitorio y sin encender las luces me dejé caer agotada sobre la cama. De pronto, noté que alguien se revolvía a mi lado y escuché: “¿De dónde vienes tan tarde?”. Era mi marido! ¡Estaba vivo y era inocente! Lloré de alivio y le abracé, mientras él me decía: “estoy vivo de milagro, he tenido un accidente terrible en la carretera del acantilado”
» Ver todos los cuentos de matilde
Con lo ocupada que estoy con todo lo innesario,apenas tengo tiempo para pensar. En realidad creo que estoy encubriendo con esta frase el hecho doloroso de que no sé pensar. A este vacío recurro cada vez que me meto en un autobús para ir a visitar a mis padres. Una vez iniciada la ruta, cierro con fuerza los ojos para procurarme obscuridad y comienzo a pensar que viajo a mi infancia.
Es una tarea difícil, muy pocas veces lo consigo, pues el deslizante paisaje, la gente de mi entorno o Morfeo, se apropian de mi voluntad. Pero cuando lo consigo el viaje merece la pena.
Lo primero que atrapo es la luz, la luz de las primeras horas de la tarde en primavera que se cuela por un aula de mi escuela a través de las ventanas semiabiertas : haces densos poblados de mil partículas en suspensión, polvo, polen, pequeños insectos, todo ello revoloteando entre las cabezas de mis compañeros de infancia, envolviendo finos cabellos en desorden.
Luego me vienen olores al azahar de los huertos de afuera, a lápices, a polvo de tiza, a bragas con pis, a bocadillo con chocolate a papel de las libretas.
Los veo a todos corriendo en el patio, a la hora del recreo, con zapatones marrones comiéndose los calcetines, nos empujamos, reímos, lloro mirándome la herida de la rodilla incustrada con piedrecitas y pedazos de hierba.
Oigo nuestras voces y las notas que salen de la melancólica clase de piano, lentas, desafinadas e imposibles conseguidas a golpes de cabeza y dedos torpes . A la salida mi madre protectora esperando.
Un frenazo me devuelve al interior del autobús, fuera un paisaje amarillo de girasoles. El viaje ha quedado interrumpido…
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En el interior del autobús los viajeros duermen excepto ella. Y el chófer, naturalmente. Su amiga Carmen ronca. Es un ronquido suave, nada molesto. El calvo sentado, dos filas atrás, en cambio, tiene un ronquido áspero de fumador. Y alguien, una mujer -la rubia teñida, podría ser, que se sienta en la segunda fila a su izquierda- habla en sueños.
Como es muy meticulosa, había pedido en la agencia los asientos de la primera fila, para ella y para Carmen. Así tiene la visión privilegiada de la carretera en la noche. Aunque a esas horas hay poco tráfico, cuando se aproximan a una ciudad, la cosa se anima. Semáforos, carteles, deportivos y autocaravanas. Allí delante no pierde detalle, que es lo que le gusta, no perder detalle.
Ya sabe lo que va a pasar, las historias que sucederán durante los siete días de las vacaciones. El calvo, envuelto en su pestilente olor a Ducados, se llenará el plato en el bufet cada día, hasta reventar. Puede que hasta tengan que llevarlo a Urgencias. La rubia de bote se hartará de bailar y hará el ridículo con los animadores del hotel. Carmen la llevará de una tienda a otra en busca de regalos para los nietos, intentando insuflarle el optimismo que se niega a tener. Hace un gesto de fastidio, pensando en el horror que se le avecina.
Mira al chófer con ternura: él si que vive bien. De un lugar a otro, autovías, autopistas, gasolineras y ventas de carretera.
Son las dos de la madrugada y quedan todavía tres horas más hasta Benidorm.
» Ver todos los cuentos de dune
Su mesa rebasaba de folletos turísticos y propuestas de excursiones, algunas muy tentadoras por cierto.
El año anterior sus anheladas vacaciones tomaron vuelo hacia el Sur.
Bariloche, San Martin de los Andes, Villa la angostura.
Lagos de aguas azules y verde esmeralda, montañas de picos nevados y pueblitos tipicamente regionales, fueron un placer que le acariciaron el alma y los sentidos.
Este año su intención era viajar al Norte, para el lado de Salta, Jujuy, Valles Calchaquíes.
Deleitarse con los siete colores de sus montañas y la increíble belleza de sus salinas.
Fue en ese momento que sonó el teléfono y tratando de tomar el auricular, derribó un portarretrato con una vieja fotografía suya, en la cual tendría unos doce años y fue tomada por su padre en la plaza del pueblito en el cual vivían.
La levantó y se detuvo a observarla.
De golpe el corazón le latió de una forma rara y se le agolparon los recuerdos.
En ese momento decidió cual sería el destino de su viaje.Un lugar sin lagos ni montañas multicolores,ni picos nevados.
Los recuerdos de su infancia, su antigua casa, sus viejos amigos y el pueblo donde nació, serían esta vez quienes se encargarían de recargarle las pilas y darle la paz de espíritu, que buscó siempre en sus vacaciones.
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No vuelvo a beber.La carretera se empaña ante mis ojos. No veo ningún desvió, solo luces pasar a toda velocidad, rodeando mi coche, como si estuviese en el espacio.
“Despedida”
No me podían despedir ahora… ahora no. ¿Que hago con Laura? con dos años… y yo en paro…
Quién me mandaría quedarme embarazada de ese capullo. Ese capullo que ahora me ha despedido, y que parece estar dispuesto a que su propia hija y su ex-amante mueran de hambre, hundidas en la miseria en la que él mismo las ha metido…
Ay Gloria, si supieras como es realmente tu marido. Se cepilla a cada secretaria nueva que le ponen. Y tú con 3 niños en casa, seguramente también le pongas los cuernos con tu monitor de yoga o alguna estupidez de estas a las que os apuntaís la gente con pasta.
Joder, que dolor de cabeza, no veo, mañana voy a tener una resaca increíble… bueno, en el fondo me da lo mismo, estoy en la calle, la gente cuando la despiden hace eso no? emborracharse.
Todo el mundo me adelanta. Normal, voy a 50 km por hora por la carretera de Zaragoza… pero no me la quiero pegar. Sonrío, a esta velocidad y en este estado se me ha ocurrido una idea.
-¿Sí?
-¿Gloria? tengo que decirte algo…
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