En verano

19/11/2007

Hay 10 cuentos sobre “En verano”

  1. El Hammud dice:

    Solíamos ir casi todos los sábados. Mi madre se apresuraba por la mañana para tener todo preparado y salir pronto. El día era siempre muy caluroso en esta parte del país. Mi hermano y yo, por nuestra parte, habíamos preparado las bicicletas, los balones y los utensilios para hacer castillos en la arena.Mis padres siempre han sido gente de pocas palabras. Todo transcurría en silencio. Cada uno realizaba sus tareas con eficacia y precisión.En la ida, mi padre iba siempre detrás, atento a cualquier problema, mi madre iba detrás de nosotros y nos advertía si veía algún peligro en el camino. Nosotros competíamos poniéndonos constantes metas, a las cuales les dábamos puntos según su queimportancia. La meta más importante era el bar donde, al llegar, almorzábamos.Siempre teníamos el mismo sitio, era como su reserváramos la mesa. Y no era así, sino la pura casualidad.Entonces bajo la higuera mi madre desplegaba sus guisos. Allí tomé mi primera cerveza.
    La gente que frecuentaba el bar era gente de la tierra, nativos que hablaban en un idioma que jamás aprendí.Era gente sana cuya moneda común era la sonrisa.
    Comenzábamos el baño por el riachuelo que desembocaba al mar. El agua era clara y la más fría que jamás conoció mi piel.Alternábamos mar y río con visitas a mis padres que leían ambos periódicos de nuestro país.
    Me hice amigo del señor de los zumos de fruta. Se paseaba por la playa con un canasto en la cabeza y al verme, lo dejaba y se sentaba a mi lado. Hablaba nuestro idioma. Por el supe un día que la guerra había acabado en nuestro país.Mi padre habló ese día mucho con mi madre, me miraban con una mirada especial.Intuí que algo malo iba a pasar. Fue el último sábado que vie esa parte del mar.

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  2. ona dice:

    MIENTRAS SABOREO

    Declina una tarde cálida, estoy frente al mar. El pensamiento, como
    las olas, apenas deja huella. Admiro el paisaje. Una niña pasa descalza, lleva un helado. Siento el contagio de este placer y voy al chiringuito: un polo de limón por favor.

    Me deshago del envoltorio y conseguida la desnudez, comienza el goce de los sentidos. Ya en la boca, la lengua impresionada por el frío se ha contraído y defendido con sus pápilas. El jugo agridulce la humedece. Un recuerdo ancestral ha despertado el instinto. Una y otra vez chupar y succionar con los ojos cerrados se ha convertido en la única actividad de mi cuerpo. Qué dulce y fresco placer ¡

    ¿Qué mecanismo ha abierto el compartimento de los recuerdos? soy pequeña, llevo una moneda casi diluída en un puño ,de puntillas ante un gran mostrador estoy pidiendo un polo y llevo el traje de los domingos en el que segundos después brillarán como un neón unas gotas amarillas…estoy en un hospital, me han extirpado las amígdalas, junto al dolor, la chamba de que puedo tomar polos… soy adolescente y siento vergüenza y mucho deseo de chupar polos , escondo mi pecado…soy una madre joven y a pesar del llanto de mi hijo, le robo el polo de un bocado..

    Últimos chupetones, la avaricia anestesia mis sentidos. El deshielo ya está aquí, se aproxima el fin, aún queda un bonito iceberg……y chaf! se ha derrumbado en la irreversible arena, miro fustrada el palo……

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  3. LSARASOLA dice:

    En verano los colores estallan emocionados y corren y saltan y atacan (sin piedad) todos los objetos y personas. En mi habitación se estampan, justo cuando subo las persianas,con mi cara.Se mezclan siempre traviesos el azul, el verde y el gris en mi mirada. Y mi pelo es más negro y mis pecas chocolate con leche. También van corriendo al edredón morado, verde y azul. Y se sientan con la intensidad del que vive emocionado. Y en realidad, por mucho que se quejen, no estan tan cansados. Porque son en esta época del año los que dan los buenos días y los que pintan fruta de dibujos animados. Se multiplican, se quieren más, hacen el amor casi por obligación porque necesitan ser más, reproducirse, crecer para alzanzar y descubrir a todos pintados.
    Y sólo cuando miramos los descubrimos recubriendo telas, helados, olas, paella y melocotones (por nombrar los más llamativos). Y siempre llegan antes, con la rapidez de la luz, con la naturalidad con la que la luz no nos sorprende.
    Descansan a veces, las colores más puras, caundo la noche llega. Y un velo gris se lleva a dormir a los chillones agotados de tanto existir. Son energía que vive en nuestro despertar.

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  4. kaleidoscopio dice:

    Desde mi ventana, observo la tenue línea del horizonte donde converge mar y tierra. Mas cerca, a escasos metros, la ancha playa me recuerda los momentos felices que he pasado junto a mi primer amor. Aun conservo en mis labios el sabor salado de mi primer beso y no puedo remediar un pensamiento critico de haberla dejado marchar, ahora que tanto la necesito. Solo la ingravida esperanza de tener por cierto que dentro de muy poco tiempo, a la vuelta de estas vacaciones del 66, podré de nuevo estrechar su cuerpo y sentir fundidas nuestras pieles, como si de una simbiosis perfecta se tratara, alimenta mi alma y me mantiene en pié.

    Aun tengo la sensacion de estar soportando un inacabable reward de pensamientos que pasan delante de mi mente, como si un castigo eterno me hubiera sido impuesto por no se sabe que deidad, obligándome a revivir todos esos momentos una y otra vez, perforando mis sentidos de modo inmisericorde, pero insuflando en mi joven espiritu vida y esperanza.

    Gracias a mi amigo Enrique que me la presentó en aquel rincón del chiringuito. Por él, conocí a Estrella recien salida del agua. Las gotas del inmenso liquido aun perduraban en su cuerpo, dibujando una imaginaria línea de centelleantes circonitas. La cerveza ayudó a romper los primeros compases de una conversación que pronto se tornó en afable y amena, permitiéndonos a ambos descubrir facetas de nuestra vida complementarios y a su vez, escrutar enfoques vitales compatibles. A partir de ahí, surgió de forma natural una complicidad que, incluso, ahora, cuando lo evoco, me hace sentir escalofrios, supongo que por el simple hecho de reconocer conscientemente el reto que supone mantener en el tiempo, una sensación tan vibrante y realizadora que sólo circunstancias inexcrutables del proximo futuro, pudiese poner en peligro

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  5. javieru dice:

    Cuando por primera vez nos cegó la luz del sol reflejada en la arena de aquella playa, nos dimos cuenta de que la única manera de que no nos alcanzaran era seguir viajando. No parar. No permanecer en el mismo lugar. No más de nueve días. Porque pasado ese tiempo te atrapaban y se te pegaban por el cuerpo, sin poder deshacerte de ellos. Como un olor a humo indeseado. En forma de malentendido en la cabeza o virus en el estómago. O viceversa. O ambas cosas.

    Y cuando por primera vez nos adentramos en el mar, con el agua cristalina a la cintura, y pudimos ver que los deformados dedos de nuestros pies aún seguían allí… entonces pensamos que no lograrían pasar de la orilla; que no podrían mojarse ni llegar a nosotros en forma de llamada inoportuna o molesto silencio prolongado.

    Los problemas. Nunca debimos pararnos.

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  6. ireklein dice:

    Iba allí todos los veranos para encontrarme con él un día, desde que lo conocí, no falté ningún 13 de julio al encuentro. Nos encontrábamos al amanecer, y nos pasábamos la máñana mirando la mar, esa preciosa agua llena de vida. Paseábamos a la orilla del mar hasta llegar a la otra punta de la playa y luego volvíamos. Nos bañábamos en la mar, y buceábamos, y jugábamos disfrutando como si aún fuésemos niños.

    Este año, no ha acudido, y por primera vez en mucho tiempo he sentido lo que es la soledad.

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  7. matilde dice:

    Eran las tres de la tarde. No había nadie en la playa, y decidió que el carrito abandonado le serviría como ayuda para nadar. Tendría que modificar su estructura, claro, pero con algo de habilidad lograría improvisar un pequeño flotador. La idea de introducirse en el agua sin nada a lo que agarrarse le producía miedo. Se acercó al carrito, sin preguntarse que pensaría su propietario si conociera sus intenciones. ¿Que importaba a quien perteneciera? Quería ese carrito y lo cogería, lo usaría como flotador y cuando no lo necesitara más se desharía de él sin remordimiento alguno. De improviso, sintió como sus pies se hundian en la arena, cada vez más y a mayor velocidad, como si aquella playa se hubiera convertido en unas peligrosas arenas movedizas, calientes y traidoras. Cuando la arena le llegó a las caderas empezó a inquietarse. Imposible agarrarse a nada, porque no había nada cerca, ni siquiera el carrito. Pensó que si el carrito no se hundía el extraño fenómeno de la arena debía ser local, limitado a la zona en la que se debatía intentando salir. Rapidamente la arena alcanzó su cintura, comenzó a gritar pidiendo auxilio. La arena llegó a su cuello, a la barbilla y finalmente alcanzó los labios. Estaba salada, caliente, seca. Por fin desapareció por completo, sus gritos ahogados por la arena. Todo quedó inmovil. La playa desierta. La arena glotona satisfecha.

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  8. numario dice:

    El trío eléctrico acababa de detenerse junto a la banca de Dominique y Edimario en la que algún que otro transeunte se refrescaba con una cerveza bien fría o agua de coco. Los músicos comenzaron a tocar – chicki pum chim pum, taca tum bum bum,- un ritmo pausado de samba reagge y sobre la tarima superior, mirando hacía la sagrada bahía, un grupo carnavaleño cantó a los dioses yorubás. La playa se fue llenando y cayendo en el mayor de los delirios. Allí se mezclaban los asiduos del lugar con los turistas, los negros con los blancos, la desnudez con los minúsculos trajes de baño y bikinis que dejaban ver más que ocultaban.Nadie permanecía sentado. Todos estábamos de pie, bailando, cantando y agitándo los brazos al aire cálido del verano, moviendo nuestras caderas, poseidos por el ritmo y la cerveza y sin ganas de que aquello acabara nunca. Adelson se puso delante de mí pegando su sexo al mío. Me besó y acarició, delante de todo el mundo y, sin poder decir nada, me vi arrastrado al agua por su mano trigueña. Una vez más hicimos el amor detrás de los barquitos que habían echado el ancla cerca de los puestos de pescado. Sus besos eran enormes, tanto como sus labios bembones que a mi me solía gustar morder o metérmelos dentro de la boca, como si fuesen míos. Su piel nunca se secaba y yo le bebía sus pezones empedrados y sus lóbulos de gominola. Apasionados y enloquecidos ni nos dimos cuenta de que el trío se había marchado dejando la playa vacía. La fiesta continuaba en las calles del puerto. Nos tumbamos a la sombra del carrito de Neguinho y nos quedamos dormidos. Nuestros sueños tenían voces de caballitos de mar y ecos de caracolas.

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  9. Franjrohe dice:

    Dejé mis zapatos sobre la arena, solté la correa a mi perro y caminé descalzo hasta la orilla. Era una medianoche de julio y el mundo entero dormía a mis pies. Una suave brisa acariciaba el mar y la luna llena proyectaba su halo mágico sobre la playa desierta. Me precedía el trote alegre de mi perro que saltaba primero hacia un montón de algas y luego volvía ansioso a mi otra vez. Se lanzaba sobre mis piernas y luego regresaba hacia el mar sabiendo que me tenía a poca distancia. Esa noche celebraban en el pueblo una fiesta, verbena y bailes incluidos como de costumbre. Podía escuchar la música atenuada por las dunas en la cabecera de la playa. Éstas ocultaban parte del escenario pero veía a lo lejos la iglesia parroquial cubierta por guirnaldas luminosas, bombillas verdes y amarillas balanceándose sobre el gentío de la plaza. Mi perro comenzó a ladrar de puro contento y libertad, escapando veloz de las minúsculas olas que se acercaban a nosotros en murmullos casi imperceptibles.
    De repente la música cesó y el pacífico cielo de aquella noche de verano se transformó entonces en un infierno de pólvora, fuegos artificiales, tracas y petardos que reventaron cogiendo desprevenido a mi pobre perrito, ensimismado como estaba en los arribazones sobre la playa. En sus ojos debió brillar por un momento la locura más absoluta provocándole un cortocircuito en sus caninas entendederas y un galope desquiciado a lo largo de la playa – que por muy grande que fuera pronto se le antojó pequeña – así que decidió que era preferible inmolarse directamente en el océano que continuar asistiendo al fin del mundo. Y fue así como nadando en medio del claro de luna puso rumbo hacia el horizonte infinito, buscando solo un poco de paz…

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  10. Carlos dice:

    De pronto me encontré en aquella idílica playa, digna de aparecer en cualquier postal caribeña. El mar era de color azul turquesa, la arena era blanca como la nieve y no habia absolutamente nadie en la playa. Estaba tumbado en una hamaca de madera, con una colchoneta blanca y a mi lado había otra hamaca, vacía, y no parecía que su ocupante estuviera cerca. Llevaba puesto el típico bañador con motivos florales y unas gafas de sol muy modernas. No sabía muy bien como había llegado hasta aquel lugar, pero no me importaba demasiado.

    De repente, del inmenso mar emergió una figura femenina, como si de una diosa griega se tratara. Tenía una larga melena rubia y los ojos azules, tan claros como el mar que la rodeaba. Su piel era morena, dorada por el sol y el único atuendo que cubría aquella impresionante figura, era un minúsculo bikini color rojo. Salió del agua y se dirigió hacia mí, sonriente. Se tumbó en la hamaca que había a mi lado y comenzamos a charlar. Sabía que no la había visto nunca, pero me producía una sensación tan familiar.

    Durante la conversación, por mí espalda apareció un camarero, vestido con una chaqueta blanca y con pajarita, que nos trajo un cóctel a cada uno; un San Francisco. Era mi favorito, pero no recordaba habérselo pedido a ningún camarero.

    Todo era perfecto, pero de repente, comenzó a escucharse un pitido en la lejanía, perturbando nuestra apacible conversación. El pitido iba aumentando paulatinamente su volumen hasta que se hizo tan ensordecedor que me fue imposible continuar. En ese momento comprendí todo.

    -¡¡¡Mierda!!! ¡¡¡Me había dormido!!!- Exclamé con horror mientras volvía a la realidad. Estaba parado en mitad de aquel atasco, rodeado de conductores enfurecidos pitando sin parar. Cada uno evade su mente como puede.

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