¿Por qué siempre creo que me caigo de un barranco? parece que todo lo que hicera pendiera de un hilo fatal que me llevara a la muerte, sin embargo la vida sigue, por más catástrofe que suceda a veces solo llegar tarde al trabajo me hace pensar que todo va a terminar, y capaz q después de una tragedia todo recién comience y me de cuenta de que estaba navegando por el camino equivocado. Siempre hay otro camino por recorrer, si no es por tierra es por aire, y si no es por aire es por agua, lo malo no es caer al agua de un barranco, lo malo es no saber nadar. Voy a seguir conduciendo por esta carretera con cinturón de seguridad, pero de ahora en más con un salvavidas al lado, no por mí, porque se nadar, sino por si encuentro a alguien en el agua que no lo sepa. Siempre es bueno ayudar a alguien.
El puerto me llenaba de satisfacción y vida cada mañana. Desde pequeño había soñado ir de viaje a lugares lejanos mientras miraba zarpar cada barco desde la colina, grandes y pequeños de metal y de madera, de todos lo colores, pero siempre a lugares que me depararan exoticas experiencias, olorosos manjares, fragancias florales y mucha mucha diversión. Un viaje así no se hacía todos los días pero como yo, vivía de sueños por aquel entonces no me preocupaba el imaginar tan suculento viaje. Tras crecer y tornarme un fornido muchacho trabaje duro sin salir de aquel pueblo de mar ni un día, esperando ahorrar una cantidad suficiente de dinero para realizar dicho sueño: viajar.Un pobre y desamparado chatarero como yo, sin familia ni amigos y cegado por la avaricia de su sueño, no tenía mucho que perder y me dispuse a realizar la suculenta travesía que me llevaría a un destino para siempre, hasta el fin de mis días.
Al llegar al mostrador de la compañía la señorita que despachaba a la gente me pregunto que podía ofrecerme, yo con un bolsa llena de billetes le dije: ” un viaje a donde me de este dinero”. Al abrir la bolsa la señorita alzó las cejas y me dió al minuto un billete con parte del dinero que le había entregado, el destino era India, ello me llenaba de recocijo; tras 45 minutos de espera en el muelle, un barco enorme zarpó con destino hacia Panaji. A las dos horas de zarpar oímos por el altavoz la orden de dirigirnos a cubierta para desalojar el barco. Este se iba a hundir y no había solución. Salte al mar y sumergiendome en las frías aguas, cerre los ojos e imaginandome como habría sido mi vida sin ese lindo sueño.
Siempre recordaré aquellos veranos. Pasábamos tardes enteras pescando en aquel puerto. Mi hermano y yo éramos tan pequeños que casi no sabíamos como preparar las cañas para pescar nosotros solos, por lo que mi padre nos tenía que ayudar. Él bajaba hasta el agua, se encaramaba a las rocas y armado únicamente con una navaja, arrancaba unas cuantas lapas que luego usaríamos como cebo. Salía del agua y colocaba el cebo cuidadosamente, mientras nos decía:
-Lo mas importante es colocar bien el cebo. Que no se vea el anzuelo, que los peces no son tontos.
Y mientras, nosotros lo observabamos y aprendiamos.
Una vez estaba todo preparado, nos colocábamos entre los barcos, tirábamos la caña al agua y esperábamos pacientemente. Veíamos a los peces rondar aquel manjar que les habíamos preparado. Cuando por fin se fijaban en nuestra trampa, sentías en el mango de la caña como los peces tiraban suavemente del anzuelo. Y cuando por fin se quedaban atrapados, tirabas de la caña hacia arriba, como si fueras a sacar el mayor tesoro de las profundidades marinas. Los pobres peces salían volando del mar para acabar encerrados en un pequeño cubo de playa con agua. Mi hermano y yo competíamos, a ver quien conseguía más capturas.
Y cuando el sol se escondía, y el inmenso mar azul se tornaba naranja, recogíamos los aparejos de pesca y devolvíamos a los peces su libertad. Nadaban rápida y enérgicamente, alejándose de sus jovenes e inocentes secuestradores. Mientras nosotros agitábamos los brazos en señal de despedida desde la orilla.
Ahora soy yo el padre. Tengo dos hijos. Son aun tan pequeños que casi no se mantienen en pie, pero se acerca el verano y no me he podido resistir: les he comprado dos cañas de pescar.
La mañana del 22 de marzo corría una brisa particularmente gentil desde la bahía, penetrando los hogares por sus ventanas abiertas al mar que seguramente habrían presenciado el atardecer anterior. Miguel despertó de un sueño profundo en el que era capitán de un barco que era succionado por un vórtice en altamar. No era un sueño nuevo, aunque no recordaba haberlo soñado antes. La noche anterior era un vago recuerdo, más bien lleno de lagunas y bruma, de Daniela, bailando con sus brazos alrededor de su cuello y su mirada profundamente perdida en la de él. Terminarían haciendo el amor en la casa de Miguel. Ahora sentía solo la ausencia de Daniela en su cama. Se había ido, esta vez era verdad, lo podía sentir. Te desplomaste, no pudiste soportar verte reflejada en mí, te viste tan pálida y triste que decidiste huir, lejos a traicionar a alguien más, a traicionarte a ti de nuevo. Miguel se vistió lo mejor que pudo mientras pensaba esto y salió rápidamente hacia el auto. Tal vez aún te pueda alcanzar, tal vez no has llegado aún a la curva sobre el risco, tal vez no has llegado ni siquiera al café de la estación de repostado donde seguramente paraste por un café. Miguel pasó de largo el café y sintió un escalofrío recorrerle la espina. Acelerando el auto llegó hasta el punto en que podía divisar la primera curva de una carretera que ascendía sobre el mar y las huellas del auto de Daniela perderse fuera del camino. Tal vez así era mejor, tal vez era el único modo en que ambos lograrían su redención y dejarían de traicionarse. Miguel aceleró hacia el risco y cayó estrepitosamente en el mar. De nuevo juntos, mi amor, en el mar como siempre soñamos.
¿Por qué siempre creo que me caigo de un barranco? parece que todo lo que hicera pendiera de un hilo fatal que me llevara a la muerte, sin embargo la vida sigue, por más catástrofe que suceda a veces solo llegar tarde al trabajo me hace pensar que todo va a terminar, y capaz q después de una tragedia todo recién comience y me de cuenta de que estaba navegando por el camino equivocado. Siempre hay otro camino por recorrer, si no es por tierra es por aire, y si no es por aire es por agua, lo malo no es caer al agua de un barranco, lo malo es no saber nadar. Voy a seguir conduciendo por esta carretera con cinturón de seguridad, pero de ahora en más con un salvavidas al lado, no por mí, porque se nadar, sino por si encuentro a alguien en el agua que no lo sepa. Siempre es bueno ayudar a alguien.
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El puerto me llenaba de satisfacción y vida cada mañana. Desde pequeño había soñado ir de viaje a lugares lejanos mientras miraba zarpar cada barco desde la colina, grandes y pequeños de metal y de madera, de todos lo colores, pero siempre a lugares que me depararan exoticas experiencias, olorosos manjares, fragancias florales y mucha mucha diversión. Un viaje así no se hacía todos los días pero como yo, vivía de sueños por aquel entonces no me preocupaba el imaginar tan suculento viaje. Tras crecer y tornarme un fornido muchacho trabaje duro sin salir de aquel pueblo de mar ni un día, esperando ahorrar una cantidad suficiente de dinero para realizar dicho sueño: viajar.Un pobre y desamparado chatarero como yo, sin familia ni amigos y cegado por la avaricia de su sueño, no tenía mucho que perder y me dispuse a realizar la suculenta travesía que me llevaría a un destino para siempre, hasta el fin de mis días.
Al llegar al mostrador de la compañía la señorita que despachaba a la gente me pregunto que podía ofrecerme, yo con un bolsa llena de billetes le dije: ” un viaje a donde me de este dinero”. Al abrir la bolsa la señorita alzó las cejas y me dió al minuto un billete con parte del dinero que le había entregado, el destino era India, ello me llenaba de recocijo; tras 45 minutos de espera en el muelle, un barco enorme zarpó con destino hacia Panaji. A las dos horas de zarpar oímos por el altavoz la orden de dirigirnos a cubierta para desalojar el barco. Este se iba a hundir y no había solución. Salte al mar y sumergiendome en las frías aguas, cerre los ojos e imaginandome como habría sido mi vida sin ese lindo sueño.
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Siempre recordaré aquellos veranos. Pasábamos tardes enteras pescando en aquel puerto. Mi hermano y yo éramos tan pequeños que casi no sabíamos como preparar las cañas para pescar nosotros solos, por lo que mi padre nos tenía que ayudar. Él bajaba hasta el agua, se encaramaba a las rocas y armado únicamente con una navaja, arrancaba unas cuantas lapas que luego usaríamos como cebo. Salía del agua y colocaba el cebo cuidadosamente, mientras nos decía:
-Lo mas importante es colocar bien el cebo. Que no se vea el anzuelo, que los peces no son tontos.
Y mientras, nosotros lo observabamos y aprendiamos.
Una vez estaba todo preparado, nos colocábamos entre los barcos, tirábamos la caña al agua y esperábamos pacientemente. Veíamos a los peces rondar aquel manjar que les habíamos preparado. Cuando por fin se fijaban en nuestra trampa, sentías en el mango de la caña como los peces tiraban suavemente del anzuelo. Y cuando por fin se quedaban atrapados, tirabas de la caña hacia arriba, como si fueras a sacar el mayor tesoro de las profundidades marinas. Los pobres peces salían volando del mar para acabar encerrados en un pequeño cubo de playa con agua. Mi hermano y yo competíamos, a ver quien conseguía más capturas.
Y cuando el sol se escondía, y el inmenso mar azul se tornaba naranja, recogíamos los aparejos de pesca y devolvíamos a los peces su libertad. Nadaban rápida y enérgicamente, alejándose de sus jovenes e inocentes secuestradores. Mientras nosotros agitábamos los brazos en señal de despedida desde la orilla.
Ahora soy yo el padre. Tengo dos hijos. Son aun tan pequeños que casi no se mantienen en pie, pero se acerca el verano y no me he podido resistir: les he comprado dos cañas de pescar.
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La mañana del 22 de marzo corría una brisa particularmente gentil desde la bahía, penetrando los hogares por sus ventanas abiertas al mar que seguramente habrían presenciado el atardecer anterior. Miguel despertó de un sueño profundo en el que era capitán de un barco que era succionado por un vórtice en altamar. No era un sueño nuevo, aunque no recordaba haberlo soñado antes. La noche anterior era un vago recuerdo, más bien lleno de lagunas y bruma, de Daniela, bailando con sus brazos alrededor de su cuello y su mirada profundamente perdida en la de él. Terminarían haciendo el amor en la casa de Miguel. Ahora sentía solo la ausencia de Daniela en su cama. Se había ido, esta vez era verdad, lo podía sentir. Te desplomaste, no pudiste soportar verte reflejada en mí, te viste tan pálida y triste que decidiste huir, lejos a traicionar a alguien más, a traicionarte a ti de nuevo. Miguel se vistió lo mejor que pudo mientras pensaba esto y salió rápidamente hacia el auto. Tal vez aún te pueda alcanzar, tal vez no has llegado aún a la curva sobre el risco, tal vez no has llegado ni siquiera al café de la estación de repostado donde seguramente paraste por un café. Miguel pasó de largo el café y sintió un escalofrío recorrerle la espina. Acelerando el auto llegó hasta el punto en que podía divisar la primera curva de una carretera que ascendía sobre el mar y las huellas del auto de Daniela perderse fuera del camino. Tal vez así era mejor, tal vez era el único modo en que ambos lograrían su redención y dejarían de traicionarse. Miguel aceleró hacia el risco y cayó estrepitosamente en el mar. De nuevo juntos, mi amor, en el mar como siempre soñamos.
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