Todos nos hemos sentido solos. No necesariamente cuando las rápidas rutinas de la ciudad han conseguido no cruzarse durante unos minutos, dejándote sólo sentado en un banco del parque. La soledad llega en el primer momento de despiste, en cuanto te pones a recordar aquellas maravillosas vacaciones. Te descuidas y ahí está, atacándote para llevarte a ese terreno árido. Todos nos hemos sentido solos alguna vez y hoy, irremediablemente, me ha tocado a mí. Hacía meses que la soledad se acercaba sin llegar a atreverse, pero hoy parece que ha cogido impulso. Se ha presentado con una maleta, parece que se quedará unos cuantos días.
He pensado en acercarme al parque a escuchar al hombre del saxo. Mi balcón queda cerca de donde toca y su melodiía ha creado la banda sonora de mi habitación. Sin embargo, nunca le he visto la cara. Hoy bajaré, con mi soledad a cuestas, para intentar aliviar con su música, el peso de su maleta.
Salíamos todos los días a la misma hora , esa en la que la luna y el sol coinciden unos segundos y la ciudad se enmascara para ocultarse tras la noche.
Caminaba rápido, me costaba seguirlo .Parecía que su saxo tenía el peso de una pluma.
Al llegar a la plaza sacaba el atril ,lo armaba y colocaba sobre él la suma de pentagramas que jamás miraba.
Yo me sentaba a su lado, sin decir una palabra. Sabía que no debía interrumpirlo jamás, cuando comenzaba a tocar. Entonces me hacía invisible. Solo lo miraba y lo disfrutaba.
El sonido del saxo, y su melodía irrumpía en el silencioso ámbito del parque, llenando de misterios las más recónditos rincones.
Las notas sonaban en el aire demasiado tristes para un día de primavera. Pero yo sabía que un cruel invierno latía en su corazón .Mucha gente pasaba y tiraba unas monedas en su sombrero ,sin detenerse siquiera. Algunas lo ignoraban por completo.
El seguía tocando, inmutable. Su mente viajaba por senderos ignorados por mi, que muchas veces le ponían una sonrisa de regalo en su rostro.
Hoy ya no está, sus manos tocan en otras fronteras. Sólo está su saxo, olvidado en un rincón y yo que aún voy cada atardecer al parque, al mismo lugar , y cerrando los ojos creo escuchar sus viejas melodías cada vez que el viento acuna las ramas de los árboles cercanos.
Lleva un año acudiendo al parque. Siempre detrás. Lucía se sitúa siempre detrás de Sam. A la misma hora haga frío, calor o el ambiente supure templado. Y ella, a sus veinte años le da vueltas a su vida, una vida de notas ausentes. Y es que lo tuvo que hacer para convertirse en una joven promesa del periodismo. Tocar, comunicar, informar. Sus sueños, por ese orden ahora trastocado. Y Sam cada tarde la perdona con su música un poco más arriba, luego se ladea y baja levemente.
Lucía pide en silencio, sólo escuchándole, que algún día pueda recuperarlo. Sam le asegura, en tono grave, que está en buenas manos, que no son las suyas pero son suaves, seguras, experimentadas.
Y cuando el músico decide que ya es la hora de recoger, Lucía mira a Sam y le dedica una lágrima que un rayo de sol evapora.
Y se despide tarareando la melodía que siempre compartían Sam y ella antes de dormir, antes de que ella lo vendiera en una tienda de segunda mano para poder comunicar, informar. Tocar, tocarlo quizás en otro momento. Sam el saxo de vuelta a su estuche hasta el día siguiente que volverá a sonar para Lucía pero soplado por otros labios más agrietados, más finos, más vividos.
Todos nos hemos sentido solos. No necesariamente cuando las rápidas rutinas de la ciudad han conseguido no cruzarse durante unos minutos, dejándote sólo sentado en un banco del parque. La soledad llega en el primer momento de despiste, en cuanto te pones a recordar aquellas maravillosas vacaciones. Te descuidas y ahí está, atacándote para llevarte a ese terreno árido. Todos nos hemos sentido solos alguna vez y hoy, irremediablemente, me ha tocado a mí. Hacía meses que la soledad se acercaba sin llegar a atreverse, pero hoy parece que ha cogido impulso. Se ha presentado con una maleta, parece que se quedará unos cuantos días.
He pensado en acercarme al parque a escuchar al hombre del saxo. Mi balcón queda cerca de donde toca y su melodiía ha creado la banda sonora de mi habitación. Sin embargo, nunca le he visto la cara. Hoy bajaré, con mi soledad a cuestas, para intentar aliviar con su música, el peso de su maleta.
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Salíamos todos los días a la misma hora , esa en la que la luna y el sol coinciden unos segundos y la ciudad se enmascara para ocultarse tras la noche.
Caminaba rápido, me costaba seguirlo .Parecía que su saxo tenía el peso de una pluma.
Al llegar a la plaza sacaba el atril ,lo armaba y colocaba sobre él la suma de pentagramas que jamás miraba.
Yo me sentaba a su lado, sin decir una palabra. Sabía que no debía interrumpirlo jamás, cuando comenzaba a tocar. Entonces me hacía invisible. Solo lo miraba y lo disfrutaba.
El sonido del saxo, y su melodía irrumpía en el silencioso ámbito del parque, llenando de misterios las más recónditos rincones.
Las notas sonaban en el aire demasiado tristes para un día de primavera. Pero yo sabía que un cruel invierno latía en su corazón .Mucha gente pasaba y tiraba unas monedas en su sombrero ,sin detenerse siquiera. Algunas lo ignoraban por completo.
El seguía tocando, inmutable. Su mente viajaba por senderos ignorados por mi, que muchas veces le ponían una sonrisa de regalo en su rostro.
Hoy ya no está, sus manos tocan en otras fronteras. Sólo está su saxo, olvidado en un rincón y yo que aún voy cada atardecer al parque, al mismo lugar , y cerrando los ojos creo escuchar sus viejas melodías cada vez que el viento acuna las ramas de los árboles cercanos.
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Lleva un año acudiendo al parque. Siempre detrás. Lucía se sitúa siempre detrás de Sam. A la misma hora haga frío, calor o el ambiente supure templado. Y ella, a sus veinte años le da vueltas a su vida, una vida de notas ausentes. Y es que lo tuvo que hacer para convertirse en una joven promesa del periodismo. Tocar, comunicar, informar. Sus sueños, por ese orden ahora trastocado. Y Sam cada tarde la perdona con su música un poco más arriba, luego se ladea y baja levemente.
Lucía pide en silencio, sólo escuchándole, que algún día pueda recuperarlo. Sam le asegura, en tono grave, que está en buenas manos, que no son las suyas pero son suaves, seguras, experimentadas.
Y cuando el músico decide que ya es la hora de recoger, Lucía mira a Sam y le dedica una lágrima que un rayo de sol evapora.
Y se despide tarareando la melodía que siempre compartían Sam y ella antes de dormir, antes de que ella lo vendiera en una tienda de segunda mano para poder comunicar, informar. Tocar, tocarlo quizás en otro momento. Sam el saxo de vuelta a su estuche hasta el día siguiente que volverá a sonar para Lucía pero soplado por otros labios más agrietados, más finos, más vividos.
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