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La gruesa linea amarilla

26/10/2009

Hay 2 cuentos sobre “La gruesa linea amarilla”

  1. bonybrida dice:

    Eran como las dos de la mañana. Salía de la guardia de los viernes en el hospital zonal, y ese día no tenía mi auto.
    Fui hasta la estación . Las calles estaban tan vacías como el andén. Solo un hombre con un abrigo largo, color negro, se hallaba en espera del próximo tren. Sus solapas levantadas sumadas al sombrero, me impedían verle la cara y calcular su edad.
    Sentí un poco de temor. Todos los noticieros y los diarios hablaban de asaltos, violaciones y secuestros que se producían en las noches.
    Me senté un poco lejos y saqué el sprite de defensa de la cartera para estar preparada por si acaso.
    Sin embargo el hombre, no se movía ni un milímetro. Estaba parado justo en el límite de la franja amarilla.
    De pronto se escuchó el pito del tren que se acercaba a toda velocidad.
    Respiré aliviada, seguramente vendría cargado con otros pasajeros y podría sentirme un poco más segura. En la próxima estación me esperaba mi padre.
    El tren aminoró en algo su velocidad y justo en el momento en que entraba a la estación el hombre saltó la línea y se tiró a las vías. Cuando cayó, un papel voló por el aire.
    Espantada por lo sucedido, corrí a buscarlo pensando que allí estaría el motivo del suicidio.
    Efectivamente decía. “Siempre me pregunté cuanta valentía se necesitaba para saltar esta línea en el momento preciso. Ahora sé que lo que hace falta es no tener ningún motivo para no hacerlo.”

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  2. ANNIE HALL7 dice:

    Llevábamos más de dos meses yendo al hospital nuevo. Mamá subía y nosotros esperábamos en el hall hasta que volvía a buscarnos, mientras, yo cuidaba de Quique.
    Con la llegada del buen tiempo, a menudo salíamos a jugar al aparcamiento, pero cada vez había más coches y mamá nos prohibió estar allí por miedo a que nos atropellaran, pero sólo hacíamos caso a medias.
    Cuando mamá venía a llamarnos, nunca nos regañaba, aunque muchos días no podíamos ocultar la suciedad de nuestras manos, en lugar de eso nos peinaba con los dedos, mientras susurraba instrucciones de camino a la habitación 122. Al llegar, cambiaba el tono de voz y decía muy alegre “Mira quiénes han venido a verte”.
    Y papá contestaba “Hombre, si son Napoleón y Atila”, y nos preguntaba un montón de cosas. Quique visitaba a papá encantado porque le guardaba las galletas de la merienda, sin embargo a mí me disgustaba un poco, porque al preguntarle cuándo volvía a casa siempre contestaba “Probablemente mañana”.

    Un día apareció una gruesa línea amarilla pintada en el asfalto. Me pareció una señal. Le dije a Quique que no la pisara. “Si no la pisas, papá vuelve a casa con nosotros”, y lo alejé del aparcamiento.
    Pero un domingo por la mañana Quique pisó la línea y yo también lo hice mientras forcejeaba con él para apartarle de allí. En aquel momento mamá salió a buscarnos llorando. Se habían acabado las visitas a la 122. Yo estaba convencido de que todo era culpa nuestra. Pasó un tiempo hasta que me atreví a confesarle nuestro secreto, entonces ella me habló de la enfermedad de papá, y fui comprendiendo que en el mundo de los adultos las cosas son más complicadas que pisar o no una línea amarilla.

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